Esperando, sentado, rodeado de soledad, pasa las horas. Él inmóvil, aquel bulto de carne, suspira por la llegada de algo que no conoce pero que no puede dejar de anhelar.
Respira con dificultad, el pecho lleno de una sustancia viscosa producida por su boca, ojos inertes, brillantes, tal granate, perdido en la calma de aquella deprimente habitación, con paredes blancas y manchones amarillentos de humedad.
Mirando al suelo, ya resignado a un estado de inutilidad, caducado y execrado en un rincón del mundo, sometido a la vergonzosa experiencia, de ser lavado por una o un desconocido; cansado de luchar, sin motivos para mejorar, se abandona a sí mismo, esperando, solo esperando, rogando por su invisible y más alejada amada ilusión, La Muerte.
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