Arriba y abajo, en la punta de la rodilla desgastada por los años, con delgadas líneas huellas del tiempo, me divertía en grande, mi primer subibaja, al ritmo de un cantaito: “a tuna que tuna tuna…”, se escapaban sonrisas desde dos ángulos.
Las comisuras de las uñas, ocres por el uso incesante de ajos, cebollines, ajíes dulces y comino. Duras palmas de manos que mágicamente trasformaban una masa deforme en un círculo perfecto, grande y delgado, al dorar, las manchitas negras adornaban la inmaculada blancura —¿quiere más arepita mi muchachito?— decía.
Doña Barbara nunca fue de cocinar poco, las medidas pequeñas parecían inoportunas cuando llegaban comensales, una olla que recibía en ingredientes la misma cantidad de carisma. Rebosaba en los mediodías la espuma de un arroz con pollo a tope, se regaba el agua haciendo sonar los candentes metales de la hornilla, el ollón cubierto por una hoja de plátano cortada en el patio. Colorado onoto pintaba los pequeños granos servidos en platos de peltre. Al lado siempre los jipatos topochos sancochados — Yo no entiendo cómo se llenan sin un topochito — decía, estos eran su delirio, mientras todos comían, ella se conformaba con hacer puré de ellos mojados con un buen preparado de ají picante en suero. Apenas se degustaba un último bocado, ella cerquita del oído te comentaba —!ay más¡…coma, coma, coma—.
Un bombillo central guindaba con penas, parecía aferrado a los clavos que le sostenían, alumbraba la cocina que nunca tuvo puertas, escondidos los peretos detrás de cortinas con motivos florales cosidas en la vieja SINGER negra. No era la cocina más sofisticada, los utensilios electrónicos se limitaban a una licuadora y una nevera, pero cuando abuela entraba, sin tanto aparato, solo delicias podían asomarse a su salida.
Me regocija el recuerdo de cítrico aroma de la jalea hechas con mangos recogidos en la finca de algún pariente, verde intenso en su piel, textura firme cada pieza, se tornaban pálidos, blandos y carnosos, luego de pasar varios minutos en agua a borbollón. Ahora, participábamos los chicuelos, bien lavadas las manos con jabón azul, a pelar, despulpar y reunir toda esa pasta verdosa en un mismo recipiente. El despulpar era la mejor parte, sentir como se escurría entre los dedos la fruta ácida, algo único que, aun hoy confieso, disfruto en grande.
El fogón, dos piedras de casi misma altura, o en su defecto, dos latas con una rejilla encima y abajo la leña a fuego vivo; venía la olla cargada con el producto de traviesas manos, vertiendo luego, como cascada, la morena azúcar mientras se hacían remolinos con la paleta. Vueltas y vueltas daba Doña Barbara, indicando que el punto justo es cuando despega solita de las paredes. Se multiplicaban los pequeños volcanes de mango, quemando de vez con gotitas dulces, al curioso que se acercaba.
Separaba fácil de la olla aquella amalgama de pulpas y azúcar, dejando caminos libres al paso de la gran paleta. El intenso aroma de hojitas de limón se escapaba del puño de la viejita, lanzadas en aquel menjurje, excitando papilas de los mirones. Vertida en una bandeja, aun caliente la jalea, se dejaba reposar tapada con un paño, sobre la media pared que cercaba el balcón del patio. Más de una vez, levanté aquel trapito para cerciorarme de buen estado de ella, y claro, en secreto me quemé por impaciente, mi dedo índice llevo todo el castigo de mi entusiasmo goloso.
A pesar de limitar sus consumos edulcorados por padecer diabetes, escondida, aprovechaba poner una porción en la lengua, abriendo y cerrando la boca con sonidos húmedos, llenándose de júbilo ante lo prohibido.
El valor del trabajo calmo y disfrutar de lo que se hace sin presura, fue en su silencio, una lección de esas que no necesitan voces ni letras para aprenderlas. Muchas veces la veía calladito mientras envolvía con mimbres multicolores cada parte del esqueleto férreo de las sillas para vestirlas y la visita no viera nunca asentaderas feas en su casa, le buscaba los rollos semejantes a lombrices largas, dejándoselos a su alcance, recompensándome con el privilegio de usar por vez primera, cada pieza terminada, contrarrestando luego el calor bochornoso de las horas tardías barinesas con carato de guanábana.
La cruz de mayo también lucía traje de gala tejido con palma, colgaban dobleces haciendo serpentinas ocres. Decía la viejita, si le pegas a la cruz en este mes, cae un chaparrón. Probando mis dominios sobre lo natural, agarraba un cuero seco que colgaba permanentemente de un clavo en el pasillo antesala al comedor, estaba allí como advertencia, escarmiento que picaba en la piel cuando se portaba mal alguno de nosotros. Una y otra vez, imponía mi fuerza en cada rejazo, providencia que el cielo varias veces sí se vino abajo en lluvia, haciéndome creer real domador del infinito azul.
La casa de doña Barbara, con sus paredes altas cubiertas por laminas de zinc, después acerolit, se transformaba con la lluvia en un estrepitoso sitial, estruendo que más que molestar, motivaba a hacer café con leche pelotica (con grumos de leche en polvo) y currunchete, e iniciar conversaciones para alivianar el pasar del temporal. Se podían caer los monos de los arboles (por aquello de aguaceros tumba monos), las calles convertirse en ríos caudalosos, los mangos bombardear el techo, pero los refugiados allí solo escuchábamos los sorbos de bebidas calientes y comentábamos lo bueno del queso endulzado.
Cuando olía a cebolla y limón, segurito alguien cargaba un pestón, pues con un jarabe de cebolla morada, miel y un chorro de zumo de limón, el pecho del paciente retumbaba y quedaba limpio de impurezas. Muchos de mis primos huían ante la presencia de aquella amenazadora cuchara llena, que empeñada la viejita, nos hacía tomar cuando escuchaba cualquier tosecita. Para los dolores de oído nada mejor que unas gotas de agua de hojas de Colombiana directo al orificio auditivo y si alguno se quejaba de mal dormir, una infusión de toronjil y limonaria era puesta humeante frente al afligido. Sencillo remedio para amigdalitis era coger limón, cortarlo en mitades y cubrirlo de sal, se arrugaba la cara con el primer chupe de la salobre fruta, pero al segundo, ya se le cogía gusto.
Buscar flor escondida era tarea diaria, depositando en sus pequeñas hojas con pepitas apenas asomadas, la esperanza de bajar cantidad de azúcar en la sangre, hervía la doña, las plantas que recogíamos en patios vecinos, dejado el liquido un tiempo al intemperie, lo recogía en jarras y botellas tomando luego 2 veces al día, era amargo por la expresión, sacar la lengua con el ceño fruncido y repetir una o dos veces en alto “¡iiaagg guacatela!”.
Mi primera cocinera, mi primera mentora de labores, mi primera enfermera, imposible definir mi patria sin el arrullo de su nombre. Todos tenemos (o deberían todos tener) un personaje, un lugar, un momento, que de alguna u otra forma nos transporta absortos a ese origen, activando esa referencia, otorgando un valor impalpable, tesoro sin precio, incomparable a otros, yace en ellos nuestra identidad.
Según leyó Rafael Cartay de Baudelaire (yo lo leí en El Pan nuestro de Cada Día de Cartay) que este decía: “la patria es la infancia”. Pues declaro la mía “Barbara”, porque patria es origen, siendo ella quien, en días tempranos, me lleno de experiencias convertidas ahora en recuerdos que enaltecen un sublime “querer volver”. Ella construyó a punta de canciones, de paseos en las rodillas, de arepas y caratos, de remedios, de paciencia, cariños, y uno que otro cuerazo, mi autentico aprecio por haber nacido donde nací, un indestructible puente con terruño sin bandera, atravesado por un inmenso río llamado “el pertenecer”.
